La inflación bioenergética
Una nueva área de la ciencia económica se ha abierto paso. Se trata de la relativa al impacto del cambio climático sobre el aparato productivo del planeta.
OPINIÓN
Carlos Gustavo Cano, Codirector
Banco de la República
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Una nueva área de la ciencia económica se ha abierto paso. Se trata de la relativa al impacto del cambio climático sobre el aparato productivo del planeta. Destacados académicos han comenzado a ocuparse de esta rama del conocimiento al amparo de los fundamentos de aquella. Cabe destacar, entre otros, el valioso aporte del británico Nicholas Stern, quien sucedió al premio Nobel Joseph Stiglitz, como economista jefe del Banco Mundial, posteriormente contratado por el gobierno de Tony Blair para adelantar un importante trabajo sobre el tema con el más riguroso empleo de la teoría económica.
Los banqueros centrales, así mismo, estamos llamados, por lo menos, a estudiar detenidamente, y a entender apropiadamente, los ostensibles efectos del calentamiento global y de las fórmulas que comienzan a adoptarse para enfrentarlo sobre la naturaleza del fenómeno inflacionario.
No más el giro que el mundo está dando hacia la reducción del consumo de combustibles fósiles, principalmente de los derivados del petróleo, está provocando un profundo cambio en los precios relativos de buena parte de la comida.
Históricamente los agricultores habían estado exclusivamente dedicados a producir alimentos, forrajes y fibras naturales. En adelante, una porción cada vez mayor de estos - y también de tierra cultivable - estará concentrada en la siembra de materias primas para la generación de bioenergía. Estados Unidos, a partir del maíz, superará este año a Brasil en la elaboración de bioetanol, de cuya área cultivada cerca de una quinta parte ya se ha desviado hacia ese propósito. Brasil, por su lado, ha adoptado un plan cuya meta es contar en el año 2012 con 400 destilerías adicionales a las que hoy tiene, con la mira de obtener más de 9.000 millones de galones, inclusive sustituyendo café en grandes extensiones por nuevas variedades de caña de más alto rendimiento en la extracción de ese elemento. En el caso colombiano se requeriría de 170.000 hectáreas nuevas de caña si quisiéramos únicamente atender el mercado interno de su mezcla de 23% con la gasolina, el nivel máximo alcanzable sin tener que modificar los motores corrientes.
En biodiésel los escenarios no son menos dramáticos. Solamente en Estados Unidos, entre los países ricos aún el más rezagado, al final del 2006 ya se hallaban operando las primeras 53 plantas con una capacidad anual de 354 millones de galones. En este año entrarán a operar 40 plantas más con capacidad de 329 millones.
Según el National Resources Defence Council, esa nación estará produciendo en el año 2050 la suma de 100.000 millones de galones de biocombustibles. En tanto que en todo el globo se halla creciendo mucho más la construcción de factorías que el suministro de sus insumos – palma de aceite, colza, soya, girasol, higuerilla, jatropha –. Si sumamos las plantas de biodiesel en vía de construcción en lo que resta de esta década y las ya instaladas, se necesitaría el 30% de la producción mundial de aceites vegetales de hoy para abastecer su demanda.
Finalmente, cabe señalar el surgimiento de uno de los más dinámicos y novedosos mercados de capital. Su materialización se halla consignada en los certificados de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero (CER’s), un derivado del Protocolo de Kyoto, los cuales, bajo el Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL) de la ONU,
se transan a través de las bolsas de valores, entre ellas la de Clima de Chicago, donde participa Goldman Sachs, y la de Clima de Europa, con sede en Ámsterdam.
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